viernes, 25 de marzo de 2011

ESA NIÑA DE LOS 80


Como dice la canción de Luz Casal, de vez en cuando miro hacía atrás y busco entre mis recuerdos. Hoy hablaré de eso, de mis recuerdos, de mis primeros recuerdos. Voy a retroceder más de un par de décadas en mi mente y a ver que sale.



Como un juego, un juego para la mente, jugaremos como en aquella época. Así que el post va a quedar así, con el desorden que dejan los niños cuando juegan aunque espero que a su vez quede con la alegría que ellos transmiten. Unas cuantas anécdotas, anécdotas que van hasta terminar preescolar, la EGB la dejaré para una segunda parte (si me animo), sí la EGB, una que es de #LasAbuelas y la Logse le pilló mayor. ¡Ahí van!

«La niña de los pajaritos» Reconocer que un tío me llamaba así no me da vergüenza (tal vez es que no la tenga, jajaja). Cuando venía a verme siempre ponía esa canción de Mª Jesús y su acordeón, la cual yo bailaba con la coreografía entera. Es jodido que a mis años mi tío cada vez que me vea me lo siga diciendo, eso sí, ya no le bailo la canción, una tiene un poco de dignidad a estas alturas. En la foto con mi abuela paterna bailando los dichosos pajaritos, ;) (Por cierto se le caía la baba conmigo, si es que no era para menos, jajaja)

La primera paja mental que recuerdo, vista ahora es de lo más absurdo que se puede recordar,me debió traumatizar un poco el hecho, posiblemente ya estaba con mis manías sobre los números, sino no me explico que todavía lo recuerde. Fue en la guardería, me tenía obsesionada el por qué una niña con un año más que yo iba a mi clase, no entendía por qué decían que teníamos la misma edad si ella tenía 4 y yo tenía 3. Ese pensamiento me rondó durante todo el curso, tal vez si le hubiera preguntado a un adulto hubiera sacado alguna conclusión, pero no, tenía que averiguarlo por mi misma... y eso me costó bastante tiempo. La razón era sencilla, ella había nacido en enero, yo en julio... una tontería como una casa, pero que me machacaba esos días primaverales del año 84. (Dejo para otro post mis manías con los números que si me pongo a explicar no termino hoy) Debajo foto de todos los que íbamos a la guardería, tiene su gracia que encima de la pizarra esté la imagen de Naranjito :)


La segunda paja mental llegó a ser bronca con otros niñas. Fue un día en el que el tema de conversación era el Papa. Las niñas decían que el Papa vivía muy lejos y yo insistía en que el Papa vivía en mi casa. Que el Papa era mi padre, que no podía haber más «Papas», ni aquí ni en Roma. Después de estar discutiendo de si había o no más «Papas» acepté a regañadientes que igual había más, pero que desde luego para mi solo existía uno y que ya podían decir misa. Tampoco sé los motivos por los cuales recuerdo esto, tal vez sea un tema de papitis aguda.

La tercera. Esa extraña manía que tenía mi madre de mandarme a todos sitios, especialmente a comprar. Aquel día me mandó a comprar un pollo. Antes llamó por teléfono a la carnicería para decir que mandaba a la chica a buscar el pollo. Mientras esperaba lo vi. Vi el hígado que me llamaba a gritos, me visualizaba comiendo y no pude evitar la tentación. Le dije a la carnicera que me pusiera medio pollo y el resto del dinero que llevaba de hígado. Cuando llegué a casa y mi madre vio que sólo había medio pollo me echó la bronca a mi primero para después volver a llamar por teléfono a la tienda. Isabel (la carnicera) le dijo que era lo que yo le había pedido, le hizo tanta gracia que desde entonces me lo guardaba para cuando iba. Como os imagináis, el hígado a la plancha con un poco de aceite, ajo y perejil es una de mis debilidades.

Qué cabreo pillé el primer día de colegio de lo que entonces era primero de preescolar. Era el día en que repartían los libros. En mi pueblo compartían clase los de primero con los de segundo. Cual fue mi sorpresa cuando los libros que a mi me tocaban eran marrones y a los de segundo azules. ¡Los quería azules!, el marrón no me parecía el mejor color para los libros de una niña de 4 años. Tenían un aspecto triste y demasiado serio. La pataleta que pillé fue importante, pero con eso me quedé ya que no me quedo otra que irme a casa con los libros marrones. Qué poca consideración tienen los editores, jajajaja. Además, los azules eran tan bonitos.... ;)

A por la quinta! Ay la quinta! Ese día mi madre me había acompañado a la escuela, eso era muy raro, jamás lo hacía, sobre todo porque de la puerta de mi casa a la puerta del aula dudo que cueste llegar más de un minuto a paso lento. Aquel día fue una excepción. Cuando mi madre se iba, la profesora me mandó a hacer fotocopias a la clase de al lado. En lugar de ir por la puerta por la que se iba mi madre salí por la del recreo, que es por donde nos decían siempre que teníamos que ir. Al salir, di un portazo, siempre he sido de ir a los sitios con energía y de dar con fuerza a las puertas. Mi dedo se quedó por el camino, concretamente mi uña se quedó en suelo. Al ver que tardaba en volver, la maestra, Mª Luisa, salió en mi búsqueda y me encontró sentada en el suelo mientras lloraba y contemplaba como me había quedado el dedo. Me mandó a casa a que me curaran. Mi madre que no tiene idea buena me pasó a casa de mi abuela, digo que no tiene ni idea buena porque mi abuela para curar no tenía compasión. Hervió agua, le añadió sal y metió mi mano dentro. Evidentemente esto sí que sé porque lo recuerdo, como decía una de las frases más repetidas de mi madre cuando hacía algo malo «de esto te vas a acordar hasta que te mueras». ¡Qué dolor! ¡Veía las estrellas mientras tenía el dedo ahí metido! Una vez «curada» me mandaron de nuevo a la escuela, al recordar ese momento me veo sentada en el suelo, mirando mis zapatos blancos mientras agarraba con la otra mano mi dedo chuchurrido, pero lo recuerdo en paz, sin dolor. (Lo curioso es que no es la primera vez que perdía esa uña. ¡Ni sería la última! La primera fue en un rueda de piedra que se le echaba agua para afilar los cuchillos... debí pensar que mi dedo era un cuchillo.. )

Lo mío con las uñas ha sido siempre para hacérmelo mirar, todavía no tenía ni 3 años cuando a mi padre no se le ocurrió otra idea que quitarme las ruedas pequeñas de la bici para que no corriera, para sorpresa de todos me dio igual y corría lo mismo, pero con más peligro, una inconsciente que no sabía para que estaban los frenos y usaba los pies para ello. Un día las zapatillas eran abiertas y al frenar con el pie del revés me cargué las uñas y los dedos. Mi padre tiró las zapatillas al tejado de mi abuela. Lloré más por las zapatillas que por mi píe, tiempo después conseguí subir al tejado a ver si todavía estaban, me encantaban, solo estaba una :(. Fue una injusticia, ellas no querían ;)

Ese par de añitos que pasé en las aulas de preescolar fueron maravillosos. Recuerdo que el profesor de 1º y 2º de E.G.B. pasaba a nuestra clase diciendo que nos iba a poner un chaleco verde y nos iba a llevar a la tele. Yo siempre le preguntaba lo mismo, que sino valía uno naranja que ya tenía y me gustaba mucho. Era un crack, lo sigue siendo. Me fascinaba llegar a casa y decirle a mi padre lo que había aprendido en el día, me gustaba aprender, aprender todo y de todo.
Eran tiempos de jugar a la goma (chicle, más chicle, mexicano, se alargan se encogen las tripas de Jorge (creo que era así)... sin sentido la canción, jajaja), a la comba, a los «pitos», a los cromos, al cuadrante que dibujábamos en el suelo, de ir con la bici a todos lados en modo «verano azul permanente», esa espalda jugando a «churro va». En verano lo típico era jugar «al olivero», realmente no sé como se escribe, pero la que liábamos jugando a eso. En esos días me leí mi primer libro: «Patatita» de la serie azul del Barco de Vapor. En aquella época mis cartas a los reyes magos siempre eran parecidas, bolígrafos de colores (de estos que pulsabas para cambiar el color), teléfonos de juguete, calculadoras, cuadernos... ¡tenía obsesión! A día de hoy cuando me regalan un bolígrafo sigo siendo como aquella niña, ¡qué ilusión me hace!.

Voy a hacer una confesión musical. Llegaban las fiestas de Ejea y había un par de conciertos para ir, me dieron a elegir entre dos, sólo me podía quedar con uno. Las opciones eran Olé olé (con Marta Sánchez) o Juan Pardo. Lo normal hubiera sido elegir lo primero, pues no, me quedé con Juan Pardo. Me encantaba su canción de «María Magdalena» la cual cantaba a grito pelado cuando la escuchaba. Recuerdo escucharla en casa de mi abuela a la vez que en la tele televisaban los debates del Congreso. No tengo ni idea en que año sería eso, lo que sí sé es que no me costó elegir. Fue mi primer concierto, o el primero que recuerdo (porque imagino que Parchís no cuenta, jaja).


Tiempos en que los domingos de verano íbamos al Arba. ¡Qué desayunos a la orilla del río! con leche RAM, galletas rellenas de limón, torrijas y postres caseros. Un bote de colacao nos servía para pescar renacuajos, bañarnos en lo que llamábamos el pozo era todo un placer. Siempre con chanclas, las piedras nos mataban para andar por el río. Nuestra obsesión era llegar a la montaña, una montaña que nos parecía enorme y que está al otro lado del río, después de muchos fines de semana conseguimos llegar y subir. Nos llenamos de paja pero lo conseguimos. Comíamos todas las moras silvestres que nos encontrábamos y si nos entraba hambre y estábamos lejos de nuestros padres, pasábamos a un campo, cogíamos un tomate, lo lavamos y a bocado limpio como si de un melocotón se tratara. Quien dice tomates dice fresas, cerezas o cualquier cosa que pudiéramos pillar en nuestro camino.
Al igual que los domingos de verano íbamos al Arba, los día del padre el destino era «La Bardena», el Moncayo o Candanchú, recuerdo esos trayectos con rumbas en el coche y mi padre cantando ¡Eso sí que es un trauma! Eran tiempos felices, tiempos en los que estar en la calle con una bata de estar por casa nos preocupaba cero. Mi bata rosa, ¡cómo me gustaba!


¿Y los cumpleaños? Nada de piñatas, globos y chorradas varías que se llevan ahora. Merienda con sandwichs en modo triángulo rellenos de nocilla, salchichón o chorizo pamplona.
Chocolate a la taza y bizcochos para untar. Bollos caseros rellenos. Cuando las botellas de coca-cola y de Kas de cristal tenían un diseño retro que molaba, para mi que tenían hasta mejor sabor. Los ganchitos, las pajitas y los gusanitos. Las patatas fritas de toda la vida, sin sabores ni tonterías de ahora. Las tartas, hablo en plural porque para mi madre una era poco, cada una de una forma. Para rematar un polo.


(Chorizo Pamplona, chorizo picado o como quiera que se llame, para mi siempre chorizo pamplonica. ¿Por qué pongo esto? La primera vez que estuve ingresada en un hospital y me colocaron goteros solo pedía eso. Mi madre me decía que por la aguja del gotero me estaba entrando el bocadillo y yo a cada enfermera que entraba le pedía un bocadillo de chorizo pamplonica que si era verdad que iba en el gotero no lo podía saborear. Desde entonces mi madre siempre ha comprado de ese chorizo, luego ya me hice más fan de la nocilla.) (Pequeño apunte y como tal lo pongo entre paréntesis.)

¡Qué días, qué tiempos! Recuerdo con gula y con nostalgia lo que me gustaba comerme un SuperChoc (mi favorito), o un drácula, o un frigopie.... (ya no hacen polos como los de antes, jiji), la boca agua de imaginarme uno.. ¡esos helados de Frigo!, siempre he sido más de Frigo que de Camy o Miko. O los míticos flash, que los había de duro y de 5 duros, si pillabas uno de los últimos eras el rey, pero a lo que llevabas la mitad ya no sabía a nada, todo hielo, pero ¿y lo qué disfrutamos con el hielo?.


Eran tiempos de hacer travesuras, decir que era un santa no va a colar. La primera que hice no la recuerdo, solo sé lo que me han contado, parece que a mi madre le traumatizó un poco porque lo cuenta bastante. Fue con 17 meses, una mañana de invierno, en la que me fui sola de casa, en pijama y descalza. Según cuentan, tanto mi madre como la mujer que me encontró, iba en busca de mi padre que se había ido a trabajar. Mi madre embaraza de mi hermano, por lo visto, se llevó un gran susto, para mi que eso puede explicar muchas cosas de mi hermano ;).
Creo que la que más repetíamos, sobre todo cuando venía mi prima, era la de subir al palomar de mi abuela a robar los huevos. Luego con los huevos jugábamos a los laboratorios. Cada vez que nos pillaba me caía una buena, como era la mayor tenía que apechugar con la responsabilidad. Ella era mucho más bicho, pero unas llevan la fama y otras cardan la lana. Lo malo de todo es que haciendo eso me quedaba sin lo que desayunaba al día siguiente, ya que mi abuela me hacía un par de huevos de paloma fritos, ¡qué buenos!.

No era de liarlas muy gordas, aunque cuando me ponía.... Creo que todavía mi familia recordará una nochebuena en la que pillé una botella de champán sin que se dieran cuenta y luego me pasé toda la noche cantando «la tía monicá» (bajo los efectos de..) O cuando en una cabalgata de reyes en la que iba de pastora y mi hermano de San José encima de una carroza nos emprendimos a varazo limpio. Esa extraña relación con mi hermano y esa manía de pegarnos a todas horas. En la de apuros que metíamos a mi madre. Todavía me recuerda la gente cercana cuando un día mi madre les decía al resto, a los niños hay que hablarles, no hay que pegarles, hay que hablarles.. creo que no lo había terminado de decir cuando terminé recibiendo un poco. Menos mal que ha prescrito, que hoy en día creo que esas cosas no se pueden hacer ni decir. Dicho lo cual, mi madre es una santa que conmigo se ha ganado el cielo toda su vida, si hay una persona buena en este mundo es ella. Me ha llegado a decir que cuando le va a dar con la zapatilla a la perra y esta le mira le recuerda a cuando yo era pequeña y le decía «mamica que no lo haré más».

De todos los sueños que pude tener en aquella época el que más me viene a la mente es uno, se repetía muchas veces, sin lógica. Soñaba que unas brujas entraban por mi ventana en una escoba, entraban, salían y se iban volando por la calle de al lado, ese era todo el sueño. No me decían nada, ni me hacían nada. Tampoco me producían miedo. Las únicas brujas que alguna vez me han dado miedo fueron unas amigas de mi tía que con ese disfraz me putearon mientras yo iba disfrazada de enfermera. Ver las fotos a día de hoy llorando me da mucha risa, en su día el miedo y la manía le tenía a una de esas amigas era enorme. Le tenía miedo hasta sin disfrazar, jajaja. Como mi tía me usaba para salir, con la excusa de pasearme se iba un rato de casa, las tenía que ver sí o sí. Recuerdo como me decía: vamos a tomar café a casa de «tal», quietecita y no se te ocurra pedir nada ni comer nada. Otro trauma.

Debió ser por aquella época cuando me hice del Madrid, aunque no sé, igual nací siendo blanca. Cuando había fútbol me sentaba al lado de mi padre y le preguntaba: ¿tú con quién vas, con los de blanco o con los otros?. Aunque le cueste reconocerlo a día de hoy y sea un madridista tapado, que yo sea merengue no puede tener otra explicación. En esa misma época es cuando le cogía uno de los cascos que le sobraba de la radio, posiblemente desde entonces empezó mi pasión por la radio y por Carrusel.

Me vienen tantas cosas a la cabeza en estos momentos que es imposible plasmarlas todas y resumir a la vez, así que casi mejor que lo voy dejando para una segunda parte que está quedando ya muy excesivo. Me iba a despedir hablando de mi primer perro, pero creo que les voy a dedicar un post exclusivo a todos los animales que han pasado por mi vida.

Espero no haber aburrido mucho con mis batallitas de niña, a veces revivir esos momentos viene bien para purificar un poquito la mente y el corazón. Hasta pronto.


Cris.

1 comentario:

  1. Me ha encantado el post. Me gusta cuando la gente cuenta sus anécdotas de la niñez y hace que recuerdes muchas cosas, a veces de épocas similares. Muy bonito ;)

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